lunes, 19 de diciembre de 2011

Lunfardo en el Tango. (Prólogo y primera parte)



Opinión preliminar de José Andrés Rivas.

         No abundan los intelectuales que nos hablen con el conocimiento de Eduardo Pérsico sobre el Tango, el Lunfardo y otros perfiles de nuestra  identidad, y eso es una virtud a resaltar en el inicio de este libro.

         Al comienzo habrán sido dos hombres en una calle del suburbio, o la necesidad de pasar un secreto de modo que ningún otro pueda entenderlo. Una frase oída y luego cambiada o modificar un nombre porque la palabra usada no servía o alcanzaba. Los orígenes pueden haber sido muchos y que las expresiones después se confundieran y formaran ese lenguaje marginal  no en los libros pero sí en las palabras cotidiana Con el paso del tiempo los eruditos las aceptarían y serían corrientes en el comercio lingüístico de nuestra tierra, si al fin el lenguaje está en la calle y no sólo en los diccionarios y enciclopedias.
         Aquí el autor define al Lunfardo como “un código entre dos sin que se entere un tercero”, y esta definición sugiere un juego de dobles significados, el de escabullir y mostrar otra moneda para que alguien se lleve la equivocada. Y de esto sabe mucho el autor, ya que su largo ejercicio en el cuento y la novela se basa en decir lo que no digo, falsificar y confundir al lector; para llevarlo por otro camino y también darle testimonio de una vida y un tiempo del que no podemos escabullirnos. En última instancia, de ser nosotros mismos, porque más allá de los disensos y los apremios, el Lunfardo es todo eso: pasión por las máscaras, devoción por las palabras heredadas para luego traficarlas o deformarlas, ejercicio de transgresión basada en una profunda exaltación del individuo, su derecho a decir que no y poner mala cara. Y si a esto se agrega la frecuentación personal y de los textos de Jorge Luis Borges, -a   quien Pérsico le dedicó un cuento ambiguo y delicioso, ‘Laberinto de Gardel y el Inglesito’- bien  se explicaría porqué escribió este ensayo al que agrega un glosario con más de mil vocablos de la lunfardía. 
         Las demás razones tienen que ver con su fascinación por el tango y tanto que al final de su prólogo remeda el ‘chanchán’ de nuestra música ciudadana. La experiencia es muy simple: basta con pedirle a cualquiera que haga la onomatopeya musical del dos por cuatro y repetirá el mismo chanchán como final. Signo valioso en una época  en la que al tango lo deforma la gente que viene de otra música, o que quiere modernizar a Mozart o a Bach, “hacerla fácil” como diría algún entusiasta olvidando que entre otras virtudes, los tangueros ya tomaron la precaución de que su música fuera inmortal. Y cualquiera que se acercó alguna vez al lunfardo sabe muy bien que esa música, el tango, y ese lenguaje fueron siempre juntos como una pareja que mueve airosamente las “tabas” al mismo tiempo.
         Eduardo Pérsico recuerda una anécdota de Nicolás Olivari, también atribuida a Roberto Arlt: a ambos se les adjudica que por haber crecido en un suburbio fabril no tuvieron tiempo de aprender el lunfardo. La respuesta es sutil, ingeniosa y no exenta de justificaciones. Y aclara además que el lunfardo no es apenas una forma de decir y de nombrar la realidad para que sólo los iniciados la reconozcan, o sólo un lenguaje marginal secreto y grosero unido a lugares y conductas de mala fama, sino también una forma de vida. A esto se debe su permanencia en el tiempo y su empecinamiento en convivir con la vida cotidiana de los argentinos. En este terreno son y somos muchos los iniciados que antaño provenían del malevaje, del mundo marginal, de la vida rea y prostibularia que se resistía a ser absorbida, porque hoy el lunfardo está en todos nosotros como la sangre y los huesos. Y hasta en esa forma de amar, tener y sentir que poseemos todos sin saber de donde nos viene y se apodera de nosotros.
         La razón puede ser también el absurdo de querer hacer un país y una ciudad que se parezca y no se parezca a ese país de la imaginación, sobre una pampa sin límites ni orillas visibles. Este afán de exiliados y nostálgicos de otras tierras que quisieron que ésta fuera la suya, y de su esfuerzo por recordar una patria que habían perdido y que al paso del tiempo ya no era la misma. Y hasta con cierta rebeldía a ser devorados por los hombres que todavía se dicen mejores y más cultos... 
         Calle, suburbio, marginalidad son algunos de estos rostros. La tentación de un lenguaje secreto de hacer que el tercero no entienda porque el asunto es entre nosotros dos y el deseo de ser quienes somos en la forma de nombrar las cosas de todos los días. De todo ello está hecho el lenguaje que Pérsico recoge en este estudio casi informal y nada presuntuoso, pero seriamente ilustrativo. Las palabras de su minucioso Ensayo nos acercan a un intelectual en la materia, consciente que ese perfil  arrabalero es inherente a los habitantes de este país y no sería fructuoso ni soportable desechar semejante valor cultural.
           Un valioso libro que se une a la nutrida obra literaria de Eduardo Pérsico en poesía y narrativa, y para apreciar mejor a este excelente escritor argentino.  ____________________________________________________________

El doctor José Andrés Rivas, (UBA), es Académico Correspondiente de
la Academia Argentina de Letras. (2009).










DICE JOSÉ A. MARTÍNEZ SUÁREZ, CINEASTA Y EX MIEMBRO DE LA ACADEMIA PORTEÑA DEL LUNFARDO.

            El habla cotidiana suele cambiar por imperio de alguna moda aunque,  mayormente, por invenciones urdidas para ampliar la comunicación. Y el lunfardo de los argentinos, que según Eduardo Pérsico es “junto al tango los dos perfiles más relevantes de nuestra identidad, no los únicos pero sí los más visibles”, es un fenómeno jergal irrepetible en otros grupos sociales, en cuanto este duende coloquial y divertido mantenga intacto su carácter de “código entre dos para que no se entere un tercero”.
           Esta sucinta definición del lunfardo resume, quizá, vigentes polémicas sobre qué significa parecernos y ser idénticos los argentinos. Nadie desconocería hoy el sentido de apoliyar, mina o bulín, voces ya incluídas en el primer diccionario lunfardo, publicado en 1894, y aunque en su origen esa jerga fuera privativa “de la gente de mal vivir”, previo al glosario con más de mil doscientas voces lunfardas, Pérsico nos explica como esa calificación apresurada obedeció a que los primeros interesados en la materia eran vinculados al quehacer policial y carcelario. Y también nos ilustra que la difusión y permanencia del lunfardo en el habla de los argentinos es un fenómeno ligado más a la literatura que a la delincuencia. De modo diferente a cuanto aconteció con otras jergas dialectales, las voces de la lunfardía se instalaron en toda la sociedad por persistencia de las letras de los tangos, en su mayoría, y la poesía popular editada durante un siglo, donde hubo autores renombrados y muchos desconocidos; algunos recuperados aquí. Además, el procedimiento para difundir estos recursos de comunicación, el conocimiento de los mismos y el tratamiento ameno que Eduardo Pérsico, - narrador y poeta, según Borges “un reo que escribe para intelectuales”- le otorgó a un tema habitualmente árido una sapiencia que nos asegura un trabajo didáctico y de utilidad nada frecuente. Simplemente, un libro brillante. José A. Martínez Suárez.  .                  
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Del Lunfardo al Tango y su Literatura.
                                  
                     
Y si vieras la catrera como se pone cabrera cuando no nos vé a los dos. Pascual Contursi. (Mi Noche Triste, 1915).          
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 ... has rodao como potrillo que lo pechan en el codo, engrupida bien debute por la charla de un bacán. Celedonio Flores. (Audacia, 1925)    

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Cuando rajés los tamangos, buscando ese mango que te haga morfar... Enrique Santos Discépolo. (Yira, Yira. 1929).
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UNA COMUNICACIÓN DE  PERSONA  A  PERSONA.

      Se supone que el lenguaje en el hombre se desarrolló según aproximara ideas con sus semejantes y debiera usar más que onomatopeyas imitadoras de la naturaleza para comprenderse. Y reduciendo tiempo, cuando por el año 1492 según el reino de España sus navegantes ‘descubrieron América’ bien hoy sabemos que quienes habitaban nuestras playas no expresaron la noticia con movimientos corporales o señales de humo.  Lo hicieron con palabras ya consolidadas por su reiteración, ideas y conceptos. Por eso de choza a choza, de un margen al otro de los ríos o de la montaña al monte, los naturales de por aquí se dijeron la aparición de los navíos extraños con algún lenguaje de expresar pensamientos; y la forzada adopción del castellano en territorios latinoamericanos corresponde a una constante histórica: el Poder conquistador, técnico y económico, impone su condición la particularidad de cada pueblo. Nada menos; por cuanto toda comarca que no puede orientar la técnica ni la economía del planeta, suele identificarse tras alguna gimnasia del ocio; y en Argentina ese modo de ejercitar cierta identidad resultó el lunfardo, un código entre dos para que no se entere un tercero”.
               
       Los renglones previos los expuse en la Biblioteca Nacional de Madrid en un encuentro de escritores sobre el idioma castellano, convocado en 1987 cuando por ahí ya no había fundamentalistas de la paternidad hispana sobre América Latina, pero pocos sonreían al escuchar lo dicho por Napoleón Bonaparte mucho tiempo antes: “un idioma es un dialecto con un ejército detrás”; un sencillo renglón que convalida el derecho a elegir nuestro cauce de comunicación.

      Comenzaremos aquí recordando a Nicolás Olivari, (La Musa de la Mala Pata) que al ser preguntado si él hablaba lunfardo contestó “vea, yo nací en Villa Luro en el año 1900, cuando aquello era un suburbio. frecuenté el trato de obreros, ex presidiarios, las prostitutas y atorrantes que eran mis vecinos, y no he tenido tiempo de aprender eso”. Sabemos que esta respuesta de Olivari recuperada por Jorge Calvetti, también se le atribuye a Roberto Arlt, (Los Siete Locos, Los Lanzallamas, El Amor Brujo), y por ser dos agudos escritores fundacionales de la literatura de Buenos Aires, la autoría nos atrae menos que la respuesta. Si al fin el mismo Arlt supo valorar este fenómeno dialectal en una polémica con unos académicos por 1940: “este fenómeno  nos demuestra lo absurdo que es enchalecar en una gramática canónica, las ideas siempre cambiantes de los pueblos… y de hacerle caso a la gramática, tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos y más atrás concluiríamos que de haber respetado al idioma aquellos antepasados, nosotros, los hombres de hoy de la radio y la ametralladora, aún hablaríamos el idioma de las cavernas”. 

Si lo ético de todo escriba ante la palabra es no subvertir su sentido o quitarle eficacia comunicativa, de ahí surge que el lunfardo empezó siendo una lengua "de la gente de mal vivir"; una definición facilonga, que al ir perdiendo su secreto delictual se convertiría en un guiño de comprensión popular más allá de sus primeros cultores. En el siglo veintiuno ya nadie discute que este léxico fuera esencialmente un  medio entre pocos para despistar a los demás: “el argot lunfardo constituye un habla rápida, espontánea que brota de una manera natural... en vocablos y expresiones que acuden fácil y prestamente a la lengua”, dice Mario E.Teruggi en Panorama del Lunfardo, Sudamericana, 1979. Y por ese rumbo vale que por los durísimos años del ’70, entre los grupos se abrían y cerraban efímeras contraseñas ajenas a cualquiera. Humberto Costantini, quien recreara el lenguaje coloquial de Buenos Aires en su libro En la Noche, supo ver que entre perseguidos y perseguidores existían tantos lenguajes como grupos, -  bien vale decir “ un código entre dos”- algo que podría extenderse a tantas profesiones y actividades con jerga propia. Y sin decirlo nos reitera que el habla de un pueblo es un sistema artificial de signos diferentes a otros sistemas de la misma especie, y por ende cada lengua tiene sus principios y gramática que en definitiva hacen un idioma. Un corpus donde cada lengua tiene su fisonomía, sus giros y particularidad, pero nos obliga a reconocer sin idolatrías y modismos o lunfardías aparte, que en Argentina hablamos castellano. Según su gramática nos entendemos con el mundo y eso,  por ahora, no queremos cambiarlo.

               

                      LENGUAJE, IDENTIDAD Y CULTURA,


          El lenguaje nos hace ver la diferencia entre Civilización, - lo instrumental de la realidad, el gran continente de manifestación- y la Cultura que resume la vocación y la estética peculiar de cada grupo comunitario. La Civilización a veces cristaliza y estratifica el lenguaje, en tanto la Cultura lo desaliena y modifica en expresiones “contraculturales”, suele decirse sin advertir que no pocas variaciones estéticas generada por la contracultura fueron  luego estimadas como clásicas. Y por ahí y apreciar al lunfardo como una sólida arista de la identidad cultural de los argentinos, vale recuperar un párrafo de Radiografía de la Pampa, 1933, de Ezequiel Martínez Estrada: “psicológicamente puede ocurrir a un idioma algo peor que subdivirse en dialectos y es cristalizarse en sus formas al tiempo que  se limita y amputa. En el dialecto vive el alma local, el paisaje vernáculo; en el idioma extenso o superficial la palabra desfallece hasta que se reduce el número de términos”. Y sigue: “la actitud desafiadora del compadre, el insulto, el neologismo de la jerga arrabalera son formas vengativas, afiladas y secretas de herir. Ese oculto rencor contra una lengua de filiación paternal que no nace con uno de la misma madre, puede haber conducido a  dos formas de escribir y hablar”. Hablar al revés, al “vesre”, es una forma patológica del odio cuanto no de la incapacidad. No pudiendo hablarse otro idioma, desdeñándoselo cuando se lo habla, para el trato social e íntimo de todo género se invierten las sílabas de las palabras con lo que el idioma, siendo el mismo, resulta ser lo inverso”. Hasta aquí la cita de Martínez Estrada, precursor de la psicología social en Argentina, en el tono conceptual que afinó Juan José Hernández Arregui más tarde en ¿Qué es el Ser Nacional?, de 1963, anotando que la lengua ejerce una acción regularizadora del grupo “y si la cultura está litografiada en su lengua y las variaciones idiomáticas se ejercen desde el pueblo”. Y ya Platón nos advirtió que el pueblo es excelente maestro y su lenguaje, un definitivo hecho social.        


            

           LOS  PRIMEROS ESTUDIOSOS  DEL TEMA.          

           
                     Quienes se ocuparon inicialmente de la materia lunfardesca no coincidieron en su calificación: algunos la estimaron una jerga gremial del delito y otros no aceptaron ese límite al denominar el mismo ejercicio comunicativo con otro nombre. Benigno Baldomero Lugones fue el primero en llamarla “lunfardo”; Antonio Dellepiane, “el idioma del delito; Alvaro Yunque habló  “un lenguaje arrabalero”; Jorge Luis Borges, en El Idioma de los Argentinos, de 1927, “el lunfardo es un vocabulario gremial como tantos otros, es la tecnología de la furca y de la ganzúa”; y para Juan S.Piaggio era un “léxico con argentinismos del pueblo bajo”. Aunque sin dudar que en su génesis este vocabulario fue delictual y del bajo fondo, el mismo Dellepiane, abogado de tendencia lombrosiana, entendió que “el lunfardo existe con su intención burlona, caricaturesca y su activa movilidad de cambio”. Pero nadie niega que lo dinámico es atributo de toda comunicación humana, que no hay quietud en creativa y en tanto la movilidad del lenguaje es constante, ningún pueblo del mundo conversa en lengua muerta.
                  No pocas veces se dieron como vocablos de la lunfardía términos transitorios  que sirvieron al rebusque ocasional para decir sin que se entere un tercero, pero no mantuvieron las horas de vuelo para fijarse en el imaginario popular. Mina, bulín, bacán o mishiadura, por ejemplo, están en varias etapas del hablar argentino con mínimos cambios en su acepción,  y aunque la permanencia pareciera una contradicción, podemos decir que las voces lunfardas deben transitar para convertirse en clásicas, aquello que orienta para dar clase. La comunicación se sustenta  en reiteración, el lenguaje oculto pierde significado y el uso de los vocablos equivale a su decantación  y espacio de solera para degustarlos como un vino placentero.  ‘Ropagrosa’, modo despectivo del uniforme del vigilante extensivo a su portador, fue común en los años  treinta y desapareció del léxico al cambiar el ropaje policial. El término ‘palo’ que por 1990 equivalía a un millón de pesos, - o ‘palo verde’ si eran dólares-  por el asalto financiero contra el país del año 2001 decayó y perdió su valor expresivo. Entre los adolescentes adictos  a consumir drogas y a veces pierden su capacidad, por el 2000 se los llamó “quebrados” o “reventados”, y por el año 2006 “limados”, “fisurados” o “quemados”. Estos y otros vocablos como “tuca” al pucho de marihuana o “taquera” al canuto de aspirarlo, permanecieran en el tiempo se convertirian en clásicos y en desuso desaparecerán.  Y nos ilustra un reportaje que Paco Urondo le hiciera por noviembre de 1970 a Julio Cortázar, de paso por Buenos Aires, y a Cortázar le llamó la atención escuchar la palabra “yeite”, porque para él al irse se decía “guiye”, y le dijo a Urondo que “yeite” era una novedad’. En ambos casos significa asunto fácil y beneficioso, pero Cortázar no sabía la palabra “luca” como equivalente a mil pesos, que en su  tiempo no existía.  Pero por más que estos avatares del lenguaje ocurran, para el habitante de Buenos Aires todavía una mina sigue siendo una mina, un bulín es un bulín y no otra cosa  porque de otro modo esto no sería vida… 
                    
                  De la génesis lunfardesca ya se aceptó que todo lenguaje codificado convoca a cierta complicidad, eso que iguala condición y origen, y por ser a ráfagas un recurso gremial exclusivo el lunfardo de los argentinos, irónico, procaz, corrosivo o ambiguo, alberga siempre una humorada compinche. Algo irreverente para los guardianes del idioma que también lo irían aceptando al comprender mejor cada contexto temático. Calificarlo como un argot ejercitado sólo por la delincuencia, - que en principio lo curtiera para disimularse- fue un apresuramiento de sus estudiosos en la Argentina antes del 1900, personalidades del fuero penal que no previeron en esa jerga una expresión literaria que tan bien se cotizaría más tarde. Benigno Baldomero Lugones, con dos artículos publicados en La Nación de Buenos Aires por 1879, hizo la primera descripción del mundo criminal y ameritó estudiar sobre los lunfardos y los ladrones en sentido amplio, según los lunfardólogos Francisco Laplaza y Miguel Angel Lafuente. Siendo escribiente policial Lugones recuperó esta anónima cuarteta: “Estando en el bolín polizando se presentó el mayorengo, a portarlo en cana vengo. Su mina lo ha delatado”; cuya acepción sería que estando en su habitación durmiendo se presentó el comisario: a llevarlo preso porque su mujer lo había delatado. Y salvo el mayorengo, en desuso hace tiempo por Comisario, bulín, (bolín); apoliyando, (polizando); cana y mina guardan vigencia en el siglo veintiuno.  
                   
        Ya en 1894, el abogado penalista y escritor Antonio Dellepiane presenta  El Idioma del Delito, un serio trabajo que agrega un diccionario con más de cuatrocientas palabras y su significado, aunque en su enfoque no apreció que el lunfardo sería un recurso no meramente carcelario y sí una jerga dialectal tan literaria como la gauchesca; esa otra forma de la comunicación menos descalificada. Y a propósito José Gobello escribió por 1965: “el lunfardo literario, que corresponde llamar lenguaje lunfardesco, es patrimonio de escritores que jamás ejercieron la profesión del delito”, y al reeditarse El Idioma del Delito de Dellepiane en 1967, Juan Cicco prologó lo siguiente: “el lunfardo, jerga privada de la mala vida porteña cuando este autor se entregó a descifrarlo, se caracterizaba por un tecnicismo profesional que hacía necesario rastrearlo en sus constantes avatares morfológicos y semánticos; dificultades que desaparecieron desde que el lunfardo dio su denominación al habla corriente, cotidiana y familiar”. Dos certezas que explican la importancia que la jerga tuvo en los inquilintos y conventillos  abarrotados de inmigrantes con lenguajes diversos  que en esos giros lunfardescos hallaron un modo de fraternizar. Además, si ante el clásico proceder  de las clases altas en la Argentina, el lunfardo delictual debería ser su modo comunicacional cotidiano y no tanto usual en los sectores más desprotegidos…
      A fines del siglo pasado y en el ámbito más bajo del proletariado harapiento con gran mayoría de inmigrantes italianos jóvenes, - un sector no cubierto por el mercado laboral de esa economía precapitalista-  fue entre ellos donde aumentó la estadística delictual. Efecto mal visto por el burdo criterio de Julián Martel en su libro  La Bolsa, por 1910 y también luego por el escritor Juan José Sebreli en Buenos Aires Vida Cotidiana y Alienación, de 1965, que con su habitual ‘adolescencia revulsiva’ pontificó “el lunfardo devino luego en el lenguaje común del sector desasimilado que intenta la destrucción simbólica de la sociedad organizada, mediante la destrucción de su lenguaje”. Sin notificarse el Sebreli que el pobrerío nunca quiso destruir la sociedad organizada,  y los hijos de esos “desasimilados” fueron luego obreros y empleados que por sentirse iguales y sin destruir el régimen que precisaba contenerlos, actuaron la movilidad social más legítima del país hasta esos días con un protagonismo a veces molesto para ciertos intelectuales. Pero claro….         

                
                
                  EXCESOS,  IDENTIDADES Y GENERACIONES.
                  
                             Igualmente y por carecer de estructura idiomática, prosodia, sintaxis y otras casquivanas del diccionario, el lunfardo no es apto para conversar ni ser escrito por mucho que se rebusquen etimologías o términos transitorios. En lunfardo no e posible conjugar un verbo pero divierten expresiones que pueden repetirse en otras jergas cercanas: el Chabón de los argentinos al igual que Cara entre los brasileños y Huevón a los chilenos, significa a veces torpe, desmañado o desconfiable, pero según contexto o entonación eso iría de lo cordial a lo insultante o o al revés.  No debemos trasladar las afecciones de las ideas al accidente de las palabras, dijo el venezolano Andres Bello (1781-1865) en su Gramática de la Lengua Castellana; error que más tarde  confirmaron algunos temerarios al relatar en lunfardo y sin medir sus invenciones arremetieron con unos pastiches apenas válidos para el autor y sus amistades. Usado de modo  arbitrario y con expresiones inoportunas, el lunfardo deja de ser enriquecedor de un idioma, el castellano, y así no pocos letristas tangueros con invenciones y términos de trasnoche sólo  confirmaron algo bien de bute y posta, (inmejorable): el lunfardo por ser una expresión popular no obtiene su mejor albergue en ningún laboratorio. Asímismo, en forzar esa jerga no faltaron los escribas seducidos por este duende coloquial que ofrece metáforas del reísmo popular de realzar cualquier relato, pero que deben conocerse y curtirse previamente. Y al malversar ese recurso dentro del mismo idioma principal, el castellano, perdieron la complicidad que guardamos los argentinos de Buenos Aires con el tango y el lunfardo; eso que algunos prefieren llamar  Imaginario Colectivo y otros nombramos como entretela... 
Tango y lunfardo son dos perfiles categóricos de nuestra identidad no únicos, pero un rastro a seguir según hiciera Ricardo Rojas,  al concebir en su libro Eurindia  a la nacionalidad como una síntesis psicológica, un yo metafísico que se hace carne en un pueblo y que halla su lenguaje en los símbolos de la cultura; .una valiosa definición de quiénes somos. 
                         
Al  desarrollo del lunfardo fueron vitales las multitudes llegadas a Buenos Aires desde 1860 a 1920. Por entonces los inmigrados alcanzaron proporciones mayoritarias en nuestra población y alrededor de  1870 vivían en la ciudad 95.000 nativos y 93.000 extranjeros de distinto origen; que en 1895 superaron a los nativos y por 1920 volvieron a un nativo por cada extranjero. Así no era esperable que las herencias españolas y gauchescas de los argentinos; decaídas por un proyecto agropecuario excluyente de los sectores sin tierra propia; permanecieran y Alfredo Mascia, en Política y Tango, dice que entonces el Compadre, habitante del orillaje respetable por macho, rencoroso, guapo y resabios del culto hispánico del honor, era expulsado de su sitial por el progreso indetenible. Pronto su prestigio tuvo imitadores en el Compadrito, un sustituto menor que sin la proyección del compadre, otrora dueño de muchas voluntades políticas y casi solitario y tan bien mentara Jorge Luis Borges en su poema El Tango;  aunque la daga hostil o esa otra daga, el tiempo, los perdieron en el fango, hoy, más allá del tiempo y de la aciaga muerte, esos muertos viven en el tango’…
                  
                            Ya Argentina era un país inmigratorio con el grupo étnico de mejor asimilación, el latino, mayoritario en número aunque la sociedad se mimetizó para integrarlos a todos con una instancia política donde sin de mencionar el efecto y la causa, el Estado se mostró altamente eficaz. Al menos, en la asimilación de las migraciones al prodigarles un punto de fusión a semejante avalancha muticultural: la escuela pública lacia gratuita y obligatoria, más el matrimonio civil, jugaron a favor de una identidad nacional que subyace en la imaginación popular. El Estado obligó a los ciudadanos a la escuela pública, y como una consecuencia quizá no prevista ni buscada por el mismo Poder, esa compulsión floreció en lectores y una industria cultural que con la creciente clase media fijaría muchas pautas de nuestra conducta social. 
                      
                      En De la Colonia a la Inmigración, el tan preciso don Raúl Puigbó ilustró que la participación de los extranjeros fue muy alta en materia económica y aún social, - a través del matrimonio-  y resultó casi nula en la participación política, sin desechar que por tanta diversidad cada grupo pretendía imponer su característica, con más las diferencias entre viejos y jóvenes de los mismos grupos étnicos, donde los descendientes querían acriollarse con hábitos de la nueva tierra y marcar improntas de modernidad. Hubo diferencias entre los inmigrados de la misma región y brotó una confrontación generacional silenciada, en tanto el contacto entre iguales en edad  pero distintos hábitos y origen, generó expresiones para compartir y compañerear, si cabe el  vocablo. Y los hijos de los inmigrantes irían afirmando un modo verbal comprensivo, cuya asimilación abarcó entre 1900 y 1930 cuando en hijos y nietos de la inmigración coincidieron arquetipos de un estilo transgresor y punto de fusión de las identidades. En un caldero de   latinos y eslavos con musulmanes católicos y judíos, el habla generó la mejor expresión unificadora y sin barreras de civilizaciones diversas. Y si el lenguaje es un transformador de la realidad,  durante la primera mitad del siglo veinte, en Buenos Aires el hablar lunfardo resultó un recurso desalienante y aglutinador del gentío hacinado en los conventillos, al librarlos en algo de los férreos precintos idiomáticos que entorpecían la integración.  Apenas eso…

               
     
     LA PREEMINENCIA  ITALIANA.
                   
                   En el período de 1900 a 1930, la cuarta parte de la población de Buenos Aires y sus alrededores eran italianos nativos y sus descendientes. Por debajo de ellos otro quince  por ciento de la totalidad inmigratoria era una suma de andaluces, gallegos, catalanes, vascos y demás venidos de  España en la misma época. La colonia italiana se manifestó en los hábitos y las costumbres nativas y por ahí Francisco A. Sicardi, novelista, a inicios del siglo dijo que cada tanto los inmigrantes italianos daban algunos huéspedes al presidio y vocablos al caló del bajo fondo. Un perfil no exclusivo de los italianos pero útil para rastrear los rumbos de la comarca más arrimada al Río de la Plata y cierta matriz italiana en gran parte de las voces lunfardas. Es innegable que existieran muchos términos con otra fuente y veamos: si al lunfardo se lo vincula siempre al desarrollo del tango, dos andariveles a una misma identidad, paralelos y separados si vemos la indudable influencia andaluza que tuvieron los primeros tangos. El poeta Julio Félix Royano, (Animal de Presa; Mururoa; Lunes de Dios) supo recordar a napolitanos y calabreses de su niñez en Lanús y que él, hijo de gallegos, advirtió que el término ‘lunfardo’, en su concepción de ladrón y malviviente nos venía de ‘lombardo’. El corte a la última sílaba de los napolitanos a la palabra, sonaba ‘Lum’ por ‘Lom’  y el parecido a F por B es una inflexión propia italianos del sur. Y Domingo Casadevall, en El Tema de la Mala Vida en el Teatro Nacional,  (Editorial Kraft, 1957) después de enumerar varios términos portugueses incorporados al habla, nos dice que el lenguaje orillero y lunfardo propiamente dicho se fue bordando también con las voces populares usadas en la España de los siglos XVI y XVII, y ofrece ejemplos como ‘gayola’, ‘punto’ y hasta ‘pinta’, con los similares sentidos  que hoy  le damos. Además, sobre la Vida del Buscón, de Quevedo, escribió el filólogo español Américo Castro que en el siglo XVI los pícaros usaban una lengua especial para no ser comprendidos, ‘y de aquí el habla revesada que consistía en dar la palabra del revés y pronunciar greno por negro’. Algo que nos advierte que en siglo veintiuno, los argentinos por negro cordialmente decimos grone, ...  
                       
                      Las asimilaciones y sincretismos de las culturas decidieron no pocos perfiles del nuevo estilo, y sugiere lo estéril que implica estratificar y congelar las identidades nacionales en el tiempo. Nosotros somos así y lo demás no importa, suena ingenuo ante la imbatible realidad histórica.

    HABITUAL RECURSO COTIDIANO.  
                
              A  través de generaciones el lunfardo logró permanecer y se sumó a casi varias expresiones culturales que no son serían de uso exclusivo de los argentinos. Algo discutible; pero que su vigencia en cada período social de Argentina sostiene su sesgo humorístico y juvenil; histriónico y caricaturesco es indiscutible. Su aporte incluso a expresiones temporales lo hicieron un innegable fenómeno cultural, y el ida y vuelta de lo lunfardesco a lo coloquial se aprecia en la absorción de sus voces por el sainete, el más popular género teatral costumbrista que junto a las indelebles letras del tango fijaron nuestra memoria colectiva. Muchos jergales de gente de mal vivir fueron escritos y cantados hasta adherirse al hablar cotidiano, pero aquí el lunfardo saltó de efímera tradición oral a ser un método de divulgación por la recuperación que hicieron de sus voces saineteros y poetas al darle pemanencia no sólo a ese mango que te haga morfar, de Discépolo, sino a tantas líneas categóricas donde todo argentino suele hallar algún párrafo que lo involucre. El tema de la pobreza en los inquilinatos y la inserción entre inmigrantes y nativos  no hubo sainete sin un personaje parlanchín, compadritos o ‘cocoliches’ de expresarse en lunfardo; que casi siempre y en la trama sostenían la defensa familiar, la autoridad paterna y las buenas costumbres. Machietas mayoritarias en el teatro de los argentinos en su época de mayor concurrencia al espectáculo de verdadero auge del veinte a fines del cuarenta, hábito que  ironizara  fiel a su modo Jorge Luis Borges, al decir que muchos intelectuales concurrían el fin de semana a los teatros de la calle Corrientes para recibir una dosis de arrabal... Y sin embargo,  según Luis Ordaz en Siete Sainetes Porteños, que allí están el drama, la acuarela nostálgica, el equívoco por las distintas lenguas y un cierto trazo claroscuro y violento. Así Buenos Aires recibió la materia prima del ‘cierto sainete de seres humanos’ diferentes confluyendo en en sus calles y pueblos aledaños. Ricardo Rojas, quien entendía que el teatro era un arte de vida incompleta sin el aliento popular, agregó  que toda minoría culta puede alcanzar el goce de un teatro exótico pero la mayoría sensitiva exige un teatro propio que le represente el drama de su existencia. Algo que remata Tulio Carella: a los nuevos habitantes la tradición le es insuficiente para decir y a despecho de ella, introduce cambios y elementos estéticos que alteran su fisonomía..       
                         
                      El sainete definió el estilo argentino de vida y al europeo que por laboriosidad,  profesión y ambición más desarrollada  iría desplazando al criollo. Pese a que en ese entorno no faltarían en segunda escena las multitudes hambrientas, desesperadas y sin oficio que también acuñaron inflexiones para entenderse mejor con la palabra; muchos de hasta un modo novedoso al caminar que de apoco y exacerbado por el argentino nativo que relevaría al compadre  pampeano condenado por la modernidad, devino en el compadrito, que además de darle una nueva expresión visual a la comarca abundó a la novedosa jerga de comunicación, el lunfardo.   
                      


  LAS  VOCES  MÁS  DIFUNDIDAS.
                         
      En el glosario de voces en letras del tango y la poesía lunfardesca más frecuentada,  evitamos citas de indudable certeza de neolunfardos  o con etimología científica, y  poco abrevamos en el ‘lunfardo canero’, - salvo en letras de tango- por saberlo más cambiante y hermético por códigos del encierro, y pesquisar esa vertiente hoy no agregaría demasiado. Las letras de tango más apreciadas llegaron de Pascual Contursi y algún otro en adelante hasta 1950, y el material posterior ni arrima a los vates mayores que por avanzados siguen  en el favor popular. Nuestra elección de la poesía y en especial con el soneto lunfardo, obedeció a la valía de tantos autores contemporáneos que sin artilugios forzados, supieron secundar a los Versos Rantifusos, de Felipe Fernández, ‘Yacaré’; Semos Hermanos, de Dante A.Linyera, La Crencha Engrasada de Carlos de la Púa y el Chapaleando Barro, de Celedonio Flores en 1929. Y que desdijeron con decenas de libros de sugestivo nivel literario, que aquello de no versificar en esa jerga que se mandara Jorge Luis Borges, con palabras del mismo sufriera alguna despótica imposición del tiempo.

                        
                        Y UN CHAN  CHAN COMO FINAL DE TANGO.
                          
                     El inicial cancionero popular de Buenos Aires, en grandes trazos, a Angel Villoldo, el vocero de los compadritos, según José Gobello y autor de El Porteñito en 1903 y La Morocha en 1905 como precursor, pero ‘percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida’, primera estrofa de Mi Noche Triste escrita por Pascual Contursi y entonara Carlos Gardel por 1917, nos prodigó a muchísimos cierto tono lunfardesco y estilo de contarnos ‘ciertas cosas’. Ni el letrista Contursi o el mismo Gardel estimarían tanta resonancia posterior, pero si el sufriente protagonista  hubiera recordado a su amor ausente diciendo ‘mujer que me abandonaste en plena felicidad’ o algo idiomáticamente más pulcro, ese tango jamás hubiera sido la íntima confesión de un porteño. Y hoy, pese a los exacerbados machistas y dramáticas cantoras del tango, su cierto toque lunfardesco sigue en el siglo veintiuno entre los argentinos en tanto no pocos  léxicos coloquiales como el slang de los yankis, el cockney londinense y la misma giria brasilera no arraigaron tantos vocablos populares por falta de canciones y otra literatura que los reiterasen  Una consecuencia natural  y divertida en el universo cultural de los argentinos, fertilizado por ese lenguaje referente  que más allá de código entre dos para que no se entere un tercero, significó al fin algo sustancial para interpretarse y parecerse mejor. Y sin gardelear más digamos que sin alarde de ‘culminar una exhaustiva investigación’, rebuscar algo de material de tantos notorios autores y algunos desconocidos, nos orienta a seguir creyendo que si algo ayuda a entendernos más entre nosotros, vale la pena el intento.              
                                                                                           Año 201l. EP.  .  
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