lunes, 25 de abril de 2011

Sainete con grotescos para modernizar América Latina. Opinión.

      Nunca sucedió en la Argentina que los grupos del constante privilegio no exigieran al gobierno, más aún si no les agradaba, más seguridad individual, no entrometerse con ninguna regla jurídica protectora de sus acciones, bienes o hacienda, y para limitar la injerencia del Estado contra la sagrada propiedad privada reclamar absoluta libertad de expresión, - que ellos jamás pierden- y una efectiva democracia en defensa de la salud republicana. Ese libreto es el clásico libreto con más lo ocasional que sirva al mismo efecto; y ese mecanismo o reflejo pavloviano de ese sector que históricamente condiciona y constriñe a los argentinos desde nuestro origen suelen mantener todavía ‘los apellidos más conocidos y más viejos de los segundones y aventureros españoles que vinieron a América para salir de la miseria o huir de la ley’, escribió María Rosa Oliver que bien lo decía por venir de ellos. De esa clase que juntara fortunas haciendo el contrabando y la trata de negros cuando el comercio legal tenía otros cauces, fueron  los mismos que en convivencia con algún funcionario o corregidor lograba el privilegio de proveer con exclusividad al resto de los habitantes algún producto. Germen del monopolio legalizado que a sangre y fuego hoy defienden las multinacionales en el planeta y en nuestro país de algún manera persisten ligados al negocio agroexportador; ámbito por siempre contrario a ser controlado con mecanismos impositivos oficiales y una equitativa distribución de la riqueza producto de la tierra; digamos, de todos. Ese riesgo mortal como clase de se controlados les impone sermonear continuos y aburridos catecismos sobre la libertad de comercio, la eliminación del proteccionismo nacional a sus producciones básicas y adherir con fervor y ya mismo los ‘beneficiosos’ tratados de libre comercio elaborados por los grupos del Poder verdadero. Esa decisión de globalizar sus negocios sin usar armas, todavía, obliga a ese mismo Poder a combatir a quienes pretendemos que comamos todos con repeticiones pontificias y aburrirnos con amarillentas recetas económicas ajenas a la dinámica histórica de nuestros días, donde el creciente cambio de actitud de las multitudes hoy apunta a equilibrar el manejo esclavista de la economía y eso ya les parece preocupante. 

        En nuestra América Latina aquello que pareciera superado permanece en la idea de mando y la entretela de las clases dominantes que al intuir en la sociedad la voluntad de enfrentar al colonialismo que aún somete a la región, y antes del remedio armado y sangriento que hoy soporta el mundo árabe, el Poder opera el arsenal comunicacional de sus medios gráficos y  televisivos con sus profesionales publicitados como patrones del mejor pensamiento a implantar en cada país. Una función que últimamente en Argentina durara un par de semanas, precisamente en una etapa conflictiva entre el gobierno nacional y los  habituados a fijar sus leyes donde sea. Y para esta instancia trajeron a disertar en la Feria del Libro de Buenos Aires a Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura, un escritor devenido en fervorosa militante de una derecha política muy activa en desactivar la más tibia intención de independencia donde sea. El destacado escriba que siempre ha dicho amar a Buenos Aires, llegó acompañado por Fernando Savater, filósofo español, y ambos de movida nomás desplegaron una activa militancia contra aquello que oliera nacional y popular, y tal por eso mismo ese perfil lo condenó a la irrelevancia entre la gente común que ni registró los alardes del dúo que muy desencaminados, que al principio se creyeron  inquietantes. Pero la actuación de estos enaltecidos por la derecha más tilinga de nuestro país que hoy no sólo agrupa a los nombrados más arriba, quizá no buscó ‘desestabilizar’ a la sociedad pero sí abrir polémicas que no fueron. Sus arengas, consejos y reprimendas que intentaron fueron definitivamente desoídas ni bien asomó el fin de semana santa largo que como siempre últimamente entre nosotros, motorizó a millones por sierras, playas y barrios de fin de semana. Algo que redondeó el fracaso de la editorial promotora junto a los diarios Clarín y La Nación en la desencaminada idea de generar una movida políticamente crítica. Más que una falsa alarma esa pretensión quedó como otra  partida en falso del grupo, aunque Vargas y Savater siguieran discurseando ignorancias y frases baratas: ‘Lula no sabía nada de política, solo hizo lo que le indicara Fernando Enrique Cardozo’, ‘Milton Friedman y Kissinger no apoyaron a Pinochet en Chile’, ‘la Argentina retrocede por no volver a lo ya conocido’, dijo el escritor elogiando al siniestro liberalismo económico menemista de los noventa que casi destruye íntegramente el país,  ver estadísticas. Fueron nutridas pero ya sin eco las provocaciones secundadas por Savater, filósofo español que de insultó al peronismo con algún oscuro galimatías intraducibles, de puro ignorante que la inmensa mayoría de los argentinos, peronistas o antiperonistas, bien saben que ese movimiento masivo con imperfecciones pero sin retorno liberó psicológicamente al obrero ante el patrón en la década del cuarenta. Algo que a pesar de equívocos y pésimos  manejos de muchos sindicalistas consolidó en Argentina los derechos laborales que no muestra la legislación de tantos países en el mundo; y muy recortados hoy en la España de reyes, toros, títulos de marqués y otras ‘modernidades’. Y al fin resultó que pese al embate a favor de los medios de comunicación que en la Argentina litigan con el gobierno nacional por la apropiación de la fábrica de Papel Prensa, empresa ilegalmente cedida por los militares en la década del setenta a los diarios nombrados, por los servicios prestados a la dictadura más sangrienta que soportó nuestro país.

     Pero como final estos dos parlantes llegados al país en aras del retorno al liberalismo económico absoluto en nuestra región, se ablandaron tanto que parecieron descubrir cierto ridículo inesperado. O ignorado, digamos mejor, porque Fernando Savater no pudo resistir en silencio la réplica de un funcionario del gobierno nacional que le pidió no decir más estupideces, y como afilado filósofo español  el hombre desenfundó una frase inédita: ‘a palabras necias oídos sordos’. Algo no impecable pero él lo dijo; y por el otro lado a Mario Vargas Llosa lo iría ganando el silencio y partió sin el revuelo generado al llegar. Y se nos ocurre verlo al irse como un tipo que sale de la primer cita con una hermosa mujer, mascando la tristeza bronca de haber acabado afuera un par de veces. Esas cosas, ¿no?

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. (4/2011)
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